UN VIAJE AL PASADO
Hará un poco menos de 40 años emprendí el que fue mi primer viaje de turismo. El destino fue el sur peruano. Lo hice gracias a mis primeros ahorros de los sueldos de mi primer empleo.
En aquellos años una forma de perder menos la capacidad adquisitiva de la moneda local era comprando dólares en el mercado callejero de Jirón Ocoña en el Centro de Lima. Así lo hice por un buen tiempo hasta que logré tener una bolsa de viaje suficiente. Hoy cualquier joven puede recurrir a la tarjeta de crédito y con ello no esperar el tiempo que tuve que hacerlo.
Eran los meses previos del estallido de la hiperinflación y del constante ataque del terrorismo. Viajar por tierra, cómo tuve que hacerlo, era una verdadera aventura. El regreso desde el Cusco pasando por Abancay, Chalhuanca, Puquio, Nazca hasta llegar al Puente Primavera en Lima me llevó 52 horas. Las carreteras eran o o menos que caminos llenos de huecos; los tramos bien asfaltados eran muy pocos.
Fui por tren de Arequipa a Puno en un vagón de segunda clase, congelado aunque ello fue era compensado por el maravilloso espectáculo de un cielo lleno de miles de estrellas. Ni que decir del tren del Cusco a Machu Picchu, en el que viajé entre la carga y animales que eran traslados en los coches de pasajeros.
Aguas Calientes tenía unos cuantos hoteles, uno de ellos -donde me alojé- pertenecía al Estado (EnturPerú) y los trenes a Enafer Perú, otra empresa estatal como las cientos que existían; ineficientes e inviables económicamente. Era el rezago del estatismo del gobierno militar que ni el segundo gobierno de Belaúnde ni menos el primero de Garcia pudieron cambiar.
Por cierto en Ollantaytambo no había más que dos hoteles, uno barato y otro caro que no era gran cosa. Puno ni Cusco tenían la infraestructura hotelera y de servicios que hoy tienen gracias a la inversión privada.
Al Perú, amenazado por el ataque de bandas terroristas y la crisis social, llegaban unos pocos miles de turistas, verdaderos turistas de aventura, que sin embargo gozaban de las maravillas naturales y arqueológicas pero sin mayor comodidad, ni seguridad. No era época aün de la gastronomía puesta en valor. Unos pocos locales confortables y de calidad existían gracias a empresarios visionarios que tenían que sortear las trabas de un Estado controlidta.
A ese pasado nos quieren regresar quienes promueven el estatismo y recetas fallidas que han llevado a la miseria a otrora grandes países como Cuba (hasta 1959) y Venezuela, de la cual han tenido que emigrar millones, incluso a pie, escapando de la tiranía chavista.
Quienes me leen y no vivieron aquellos años ya saben que nos espera si optamos por un camino que nos llevará indefectiblemente al precipicio; cómo bien escuché decir ayer a una venezolana que contaba a una colega peruana con la que trabaja en mantenimiento de un edificio donde vive un familiar.
Ya lo saben. Después a llorar al río. De arrepentidos está empedrado el Infierno.
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